El arte sucede en presente dos veces. La primera, cuando alguien pinta: la mano sobre la superficie, la decisión que no admite ensayo, la atención puesta entera en lo que está pasando. La segunda, cuando alguien mira. En ambos extremos, el tiempo se concentra en un solo instante: ahora.

Pintar es estar presente. Mirar, también. El arte es ese encuentro de dos presencias.

En el estudio no valen el pasado ni el futuro: sólo el gesto que ocurre. El pincel responde al pulso, el color se decide en el momento, el error y el hallazgo llegan sin aviso. Crear es una forma intensa de habitar el presente, porque exige entregarse por completo a lo que está naciendo.

Origen nombra ese comienzo. Lo que el artista vivió en presente queda inscripto en la materia, y espera. Tiempo después, otra persona se detiene frente a la obra y la enciende de nuevo con la mirada. La presencia que hubo al pintar vuelve a suceder al ser vista.

El presente no es un instante que pasa. Es el único lugar donde el arte puede ocurrir.

Estar presente ante una obra es también estar presente ante uno mismo. En el silencio de mirar, algo se aquieta por dentro. No hay que resolver nada. Basta con sostener la atención el tiempo suficiente para que la imagen deje de ser un objeto y se vuelva una compañía.

Tener una obra cerca es una forma discreta de cuidar esa pausa. Un recordatorio, colgado en la pared, de que siempre queda un lugar al que volver: ahora, aquí, frente a lo que estamos mirando.

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